El título de esta entrada es, nada más y nada menos, que el título de un extraordinario curso que tomé esta semana, mediante el cual, reabrí mi blog. El blog de la temporada pasada era una bitácora personal y tenía un registro MUY personal que no quisiera que se perdiera (al igual que algunos de los lectores y amigos del blog pasado), por ello se me hace necesaria esta introducción. De paso, tengo que decir que este curso nos obligó a ser creativos e ingeniosos -cosa que una va perdiendo con el tiempo cuando ha dejado de escribir-. Sé que es difícil conservar un blog que sea al mismo tiempo dirigido a los alumnos, a los colegas y a los amigos. Pero muchos de los amigos son colegas, así que me gustaría verter acá, en adelante, muchas reflexiones sobre educación. Sobre la práctica docente no será posible hasta que me asignen un grupo (jejeje), para entonces supongo que tendré que hacer otro blog para los alumnos, pero ya entonces se verá, porque tampoco quiero que sea un sitio para hacer la tarea, sino para "formar el juicio", que es de lo que se trata, según Freire. Acá dejo un fragmento de Freire, que habla sobre su maestra, para que pensemos, amigos y colegas, sobre ese hermoso trabajo-vicio-vocación: el proceso de la transmisión:
Mi primera maestra
La primera presencia que me causó impacto en mi aprendizaje escolar, y lo causa hasta hoy, fue una joven maestrita. Es claro que yo uso ese término, maestrita, con mucho afecto. Se llamaba Eunice Vasconcelos (1909-1977), y fue con ella con quien aprendí a hacer lo que ella llamaba "juicio".
Yo ya sabía leer y escribir cuando llegué a la escuelita particular de Eunice, a los 6 años. Era, por lo tanto, la década de los veinte. Yo había sido alfabetizado en casa, por mi madre y mi padre, durante una infancia marcada por dificultades financieras, pero también por mucha armonía familiar. Mi alfabetización no fue nada fastidiosa, porque partió de palabras y frases ligadas a mi experiencia, escritas con ramitas en el suelo de tierra del huerto.
No hubo ruptura alguna entre el nuevo mundo que era la escuelita de Eunice y el mundo de mis primeras experiencias -el de mi vieja casa de Recife, donde nací, con sus recámaras, su terraza, su huerto lleno de árboles frondosos. Mi alegría de vivir, que me marca hasta hoy, se trasladaba de la casa a la escuela, aunque cada una tuviese sus características especiales. Eso porque la escuela de Eunice no me amedrentaba, no cohibía mi curiosidad.
Cuando Eunice me enseñó era una niñota, una jovencita de 16, 17 años. Sin que yo aún lo percibiese, me hizo el primer señalamiento con relación a un indiscutible amor que tengo hoy, y desde hace mucho tiempo, por los problemas del lenguaje y particularmente con los del lenguaje brasileño, la llamada lengua portuguesa en Brasil. Ella no me lo dijo con certeza, pero es como si me lo hubiera dicho, aún yo niño pequeño: "Paulo, observa bien qué bonita es la manera que la gente tiene de hablar!..." Es como si ella me hubiese llamado.
Yo me entregaba con placer a la tarea de "formar juicios". Era así como ella acostumbraba decir. Eunice me pedía que pusiera en una hoja de papel tantas palabras cuanto yo conociera. Yo iba dando forma a los juicios con esas palabras que elegía y escribía. Entonces, Eunice debatía conmigo el sentido, el significado de cada una...
Paulo Freire (Fragmento)
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